miércoles, 21 de noviembre de 2007

El muchacho que escribía poesía


EL MUCHACHO QUE ESCRIBÍA POESÍA
(Yukio Mishima)

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.
En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:
-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?
-¿Quiere decir Schiller?
-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la "execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:
-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.
-Anoche vi un sueño en colores.
(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).
-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.
-¿De qué?
-La verdad es... -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.
-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.
-Sí.
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.
R respondió débilmente:
-Este no es momento para la poesía.
-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?
-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.
-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?
-Porque era un genio.
-Entonces...
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.
-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. "Mi frente también es abultada", se dijo. "Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa".
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.
-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.

Yukio Mishima (Kimitake Hiraoka)
(Tokio 14/1/1925 - 25/11-1970)
Se suicidó como el más noble samurai, bajo el ritual del harakiri, como el más grande escritor japonés. Una o más katanas atravesaron su abdomen.

Letras, colores, poema


Las letras cumplen el papel de colores en la paleta de quien plasma un poema",
Álex Grijelmo

Y como gato he de morir nueve veces...


LADY LAZARUS
(Sylvia Plath)


Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.
Especie de fantasmal milagro, mi piel
Brillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie
Es un pisapapel,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.
Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —
¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.
Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí
Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.
Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.
Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.
Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.
La segunda vez pretendí
Superarme y no regresar jamás.
Oscilé callada.
Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/
Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.
Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo
Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:
'Milagro!'
Que me liquida.
Luego una carga a fondo
Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.
Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre
O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien HerrDoktor.
Bien. Herr Enemigo.
Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebe de oro puro
Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.
Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda 00
Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado.
Cuidado.
Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.


Sylvia Plath
(Boston, 27/10/1932 – Londres, 11/2/1963)
Poeta, prosista y ensayista.
Se suicidó inhalando el gas de su horno.

Poemanía

POEMANÍA la manía del poema…
"¿Sirve la poesía en el tercer milenio?"
Gabriel Impaglione:
La poesía nace con el hombre

Sirve la poesía en el tercer milenio? Sirve el tercer milenio? Sirve
el hombre en el tercer milenio? Para qué o para quien o a quien sirve
el hombre? Sin el hombre, qué harán los Mercados, tan celosos de las
pequeñas perturbaciones del aire y los geranios. Sirven las ideas en
el tercer milenio? Qué ideas, las ideas de quienes sirven en el
tercer milenio? En el caso que sirvan los hombres, estos tienen la
terrible costumbre de forjar ideas, y las ideas que nacen y se
forjan, en cierto sentido, en determinados rumbos, claro, son siempre
peligrosas... los dioses del marketing y sus empleados hacen lo
imposible para que las ideas esten todas en sus jaulitas, o en los
umbrales del nuncajamás, como es debido. Pero qué sucedería si de
pronto el Olimpo del Marketing fuese burlado por la salvaje,
monstruosa, maloliente, pornográfica, atea, comunista, homosexual,
inmigrante, clandestina, pobre y hambrienta, incendiaria y tierna
poesía? Sirve el amor en el tercer milenio? Pregunta alternativa:
sirven las armas? De qué vale un misíl de largo alcance? En qué cosa
es útil un tirano en el tercer milenio? Para qué le sirve a la gente
un idiota útil encaramado en el Gran Poder Central? El Gran Poder
Central en el tercer milenio sirve para algo? Ha servido para algo
alguna vez? Cual es el verdadero valor de la fórmula tener y tener y
tener más, en el tercer milenio? El “esto-es-mio” de los dueños del
mundo es más importante que un manojo de versos en la calle? Es que
los tanques, que parecen ser tan importantes también en el tercer
milenio, son los que distribuyen amor en el planeta? Los binoculares
infrarrojos de los marines no están hechos para ver el vuelo de la
mariposa sobre las lavandas en flor, para estas cosas de la vida se
necesitan ojos y cierto diálogo interior que amanece con la palabra.
Pero parecen ser más útiles los binoculares. Los diarios hablan de
ellos con mayor énfasis que de la poesía. Inclusive, de las mariposas
sobre la lavanda, a excepción de poetas y algunas tías cuidadosas del
jardín, no habla nadie. Qué tipo de comunión establece con la vida un
cañón, en el tercer milenio? Pocos quieren escuchar – se permiten
escuchar- a los poetas, las mayorías prefieren el telenoticiero
central, más de lo mismo de lo de siempre. Más para seguir siendo
menos, más de lo mismo para ahondar el gran vacío de un nuevo siglo
ganado por la apatía, la superficialidad, el no me importa, el
individualismo del consumo. Sirven los telenoticieros en el tercer
milenio? La poesía sirve para entender que la luna cabe en una mano.
La poesía es el signo de interrogación más elocuente. La poesía sirve
para mirar el horizonte. También para ver donde se camina. Para
encontrar la puerta de salida y de entrada. Digo, para encontrar y
encontrarse. A veces es como una llave: una llave sirve para abrir
puertas, cajones, baúles, armarios, candados, jaulas y perímetros
blindados... una llave es la poesía, a veces. Sirven las llaves en el
tercer milenio? La poesía es subversión, guerrilla, el mal que viene
del otro lado a morderle los tobillos al bien instaurado en la cima.
Digo la Poesía, aquella brutal caricia del amor que no se mete en los
salones de las lentejuelas. La poesía es expresión consciente de la
realidad en su belleza y en su dramaticidad y no es posible sin el
compromiso del hombre con esa realidad y con el futuro. De qué sirve
el futuro en el tercer milenio? La poesía es el palmo de tierra donde
fracasan los imbéciles, los vanales, los mercaderes de todas las
cosas. Se puede hablar de poesía revolucionaria, de poesía en lucha,
de poesía social, no se puede hablar de poesía mercantil, poesía de
la bolsa de valores, poesía capitalista. No se puede hablar de
mercado para la poesía, porque la poesía no acepta mercados. La
poesía respira en cada ser humano que la respira. Para los mercados
jamás existirá la gente, solo se entiende con clientes. Sirven los
mercados de lectores en el tercer milenio? Qué es un mercado lector?
Se vende la poesía? La poesía nace con el hombre: el primer nombre de
la primera cosa que encontró el hombre en su camino nació de una
metáfora. La metáfora es poesía. La poesía es el primer arte, la
primera gran maravilla del hombre, la revelación original. Tiranos y
usureros y otros residuos de esta especie no han podido con ella. Con
la Poesía. Sirve la libertad en el tercer milenio? La poesía es en
infinidad de casos el único ejemplo concreto de justicia para
millones de personas. De qué sirve la justicia en el tercer milenio?
La poesía como la piedra sirven para decir basta. La poesía lleva a
la tierra prometida, y la tierra prometida es sencillamente eso: la
tierra prometida. La tierra prometida queda en el tercer milenio? La
poesía no es el pensamiento político correcto. Es la belleza y
también la más cruel de las imágenes de la barbarie. En ambas busca
la esencia del hombre, y nos advierte. Para que sirve la realidad en
el tercer milenio? La poesía crea y recrea, inclusive a los dioses.
Inventa y reinventa máquinas, planetas y animales fabulosos, ángulos
perdidos, luces que no se terminan, nuevas rosas de los vientos. La
poesía Emociona. La poesía es el niño que le dice al rey: “Usted va
desnudo” La poesía no es la Sissi de los salones, es una muchacha
cualquiera de un pueblo cualquiera, sin tiempo y sin medida... a la
poesía no le caen bien las reverencias, ni los sarcasmos detrás del
abanico... ni las pelucas entalcadas, los corsets, los espejitos de
responder ustedeslamásbella.

La poesía asiste a los bailes de máscaras sólo para mostrar el rostro
descubierto. La poesía sirve para inventar la rueda cuando tenemos
necesidad de una rueda. Sirve la rueda en el tercer milenio?

Gabriel Impaglione (1)
(1) Gabriel Impaglione: nació en la ciudad de Morón (provincia de
Buenos Aires, Argentina) en 1958. Es poeta y periodista. Publico:
"Echarle Pajaros al mundo", (poesía, Ediciones Panorama- Flandria,
Buenos Aires- 1994); "Breviario de Cartografía Mágica" (poesía, El
Taller del Poeta- Galicia- 2002); "Poemas Quietos" (Antol. Editorial
Mizares- Barcelona- 2002); In e-book "Todas las voces una voz”-
Universidad de Educación a Distancia, Madrid, 2002; "Bagdad y otros
poemas" (El Taller del Poeta- Galicia- 2003); "Letrarios de Utópolis"
(poesía, Linajes Editores- México- 2004). "Cuentapájaros" (poesía, in
stampa, Taller del Poeta- Galicia). Participación en la Antologia
Canto a un Prisionero, Edit. Poetas Antiimperialistas, Canadá, 2005;
“alala”, Taller del Poeta, España, 2005, también en versión italiana.
Carte di Sardinia, Uni Service.Trento- Italia. Poesia,
2006."Explicaciones con mar, y otros elementos. Poesia, bilingue.
Uni-Service, Trento, Italia- 2007. Ha sido traducido al portugués,
italiano, sardo y francés.


POEMANÍA
…la manía del poema
Editor responsable: Piero De Vicari
Se recepcionan comentarios, colaboraciones poéticas
y pedidos de números anteriores a: pierodevicari@hotmail.com

Nuevas voces en El Aire

Nuevas Voces en la Poesía
Café Cultural “El Aire”
Les invita a compartir la lectura de poemas de
Verónica Gelman (Argentina)
Edgar José Alexander Amaya Soto
Marlon Alberto García

Miércoles 21 de noviembre 2007
A partir de las 8 de la noche
Entrada libre
Naciendo
Verónica Gelman
Cuántas veces morimos cada día en la ciudad.
Corremos, sin saber por qué.
Sin poder parar, sin saber por qué.
Seguimos, sin saber a dónde.
Obedecemos, sin saber.
De pronto
un giro,
un guiño,
una sonrisa.
Algo cambia.
Rompemos paredes,
rompiendo estructuras,
sabiendo por qué.
Jugamos.
Reconocemos el viento que nos hace bailar
como hojas, como olas.
Reconocemos al otro que se mueve en nuestro baile.
Nos acercamos.
Nos sumergimos, saltamos, reímos.
Nos encontramos.
De pronto vuelve la vida a interrumpirnos.
Se asoma la asfixia,
nos persiguen las cosas,
nos llaman las cadenas,
nos agarran, nos insisten.
Pero resistimos.
Porque recordamos.
Y podemos volar.
Y sabemos por qué.
Jugamos.
Reconocemos el agua que nos hace mover
como peces, como flechas.
Reconocemos la otra que nada en nuestro sueño.
Nos acercamos.
Nos abrazamos, hablamos, escuchamos.
Nos alejamos. Volvemos.
Nos encontramos.
Mil veces morimos cada día en la ciudad.
Y mil veces resucitamos.
Porque la muerte es mentira.
Porque sabemos por qué.

Y sigues siendo bella
Edgar José Alexander Amaya Soto
I
Cautivo y enfático me volví por ella.
Y son tan glamorosas tus curvas y montañas,
que cual periplo buscase, en ti, mi bella,
lo habría de encontrar. ¡Mágicas entrañas!
Tú, la república de mis llantos y sonrisas;
Nación, de todos mis grandes triunfos y fracasos,
que con fulgor altivo tu bandera izas,
por amor te pido, no me alejes de tus brazos.
II
Me han susurrado que no siempre me proteges;
que sufro de hambre y que tu opio no me llena;
que tus sonrisas son muy falsas y que me mientes,
mas con clamor les digo, que sí vales la pena...

Mas sin embargo, estos susurros tenía razón,
era una vendida... ¡La amé con gran ardor!
Hoy, a nuestros días, las lágrimas dan el sazón,
¡Habrán montañas, pero no para todos en El Salvador!


***
Marlon Alberto García
Y así como el mar pasa sobre las rocas
tú me empapas de amor
de felicidad
de hermosura.
Amor mío
Acaso no te he dicho que tu hermosura se compara con el mar?
Cada vez que uno se va adentrando
resulta más interesante
y complejo
y hermoso
Amor:
Deja ahogarme en tu mar de pasiones y sentimientos
no me lleves a la orilla
deja que te ame
deja que yo nade en tu amor.
Para así
Poder das testimonio al mundo
De que no alcanza el agua ni las arenas del mar
Para medir lo hermosa que eres.
Café Cultural “El Aire”
Boulevard Constitución
Calle Londres y Avenida Florencia nº 37
Colonia Miralvalle, San Salvador
Teléfono 2517 6950